Cuba vuelve a estar en el centro de una emergencia humanitaria que supera los lÃmites de lo previsible. Tras el devastador paso del huracán Melissa, la isla enfrenta no solo la destrucción material y el colapso de servicios básicos, sino también un alarmante incremento de enfermedades contagiosas que se expanden con una velocidad que las autoridades sanitarias parecen incapaces de contener. Mientras miles de familias intentan recuperarse del impacto climático, otro huracán -silencioso pero igual de letal- se cierne sobre el paÃs: el de la crisis estructural y la negligencia acumulada. Asà lo relata Fernando Darder, presidente de la ONG Esperanza Sin Fronteras, con sede en Cheste (Valencia), en una entrevista concedida al programa radiofónico LÃderes de AquÃ.
Los brotes de oropuche, chikungunya, zika, dengue y, especialmente, leptospirosis, están llevando a los centros médicos al borde del colapso absoluto. La falta de medicamentos, equipos de bioseguridad, agua potable y electricidad ha convertido los hospitales en trincheras improvisadas. La situación sanitaria no es nueva, pero sà es ahora más grave que nunca.
A la devastación causada por Melissa se suma un paisaje que ya venÃa deteriorado: barrios enteros sin acceso estable a agua potable, apagones constantes, insalubridad crónica y un sistema de salud que fue en su dÃa orgullo nacional, pero que hoy lucha por mantener lo mÃnimo indispensable. Cuba, un paÃs que una vez presumió de ser referente en emergencias médicas, se desploma a una velocidad que muchos comparan con el hundimiento abrupto del Titanic.
En este contexto, la respuesta internacional y la acción humanitaria se han vuelto cruciales. Entre las organizaciones que se han movilizado con rapidez destaca Esperanza Sin Fronteras, que, bajo la dirección de su presidente, volvió a demostrar que en plena emergencia, lo que más importa es atender esa emergencia. Apenas conocida la dimensión del desastre, la entidad ordenó el trasvase inmediato de los suministros almacenados en La Habana y Sancti SpÃritus, poniéndolos a disposición de los equipos médicos que intentan frenar la cadena de contagios.
No se trata simplemente de enviar cajas: se trata de salvar vidas en un paÃs donde la capacidad institucional se ha visto sobrepasada por la realidad. ESF ha entregado kits sanitarios, material de desinfección, soluciones para potabilizar agua, alimentos no perecederos y suministros de primera necesidad destinados al personal sanitario que hoy enfrenta una crisis epidemiológica sin precedentes. Su actuación rápida ha marcado una diferencia esencial en una emergencia donde cada hora cuenta.
Sin embargo, la ayuda humanitaria, por valiosa que sea, no puede reemplazar lo que deberÃa ser obligación del Estado. Resulta inevitable cuestionar cómo Cuba ha llegado a este punto: infraestructuras médicas deterioradas, reservas sanitarias insuficientes, una distribución de alimentos al borde del colapso y miles de ciudadanos expuestos a enfermedades que podrÃan prevenirse con medidas básicas de higiene y saneamiento. El huracán Melissa ha sido el detonante, pero no la causa principal del desastre sanitario. Ha exhibido, con crudeza, las grietas de un modelo que lleva años debilitándose sin soluciones a la vista.
Las imágenes que llegan desde la isla -familias enteras aisladas sin atención, médicos trabajando sin luz, niños afectados por enfermedades vectoriales, comunidades incomunicadas- muestran un escenario que ya no puede tratarse como una crisis puntual, sino como una emergencia estructural.
En medio de este panorama desolador, la comunidad internacional observa, interviene cuando puede y se pregunta cuánto más podrá resistir Cuba antes de un colapso total. Mientras tanto, organizaciones como ESF continúan demostrando que, aun en el caos, la solidaridad activa sigue siendo un pilar irremplazable.
Hoy, más que nunca, el grito es uno solo: SOS Cuba.