Carretera CV-500. / EPDASalir desde la Ciudad de las Artes hacia El Saler debería ser un paseo. Apenas unos kilómetros, una línea recta junto al mar, el privilegio de tener la Albufera al lado. Pero la realidad es otra: 45 minutos, a veces una hora, atrapado en una fila interminable de coches que avanzan a trompicones.
No es un accidente. No es mala suerte. Es una decisión.
La CV-500 se ha convertido en el ejemplo perfecto de cómo una infraestructura puede dejar de funcionar sin que nadie asuma la responsabilidad. Durante años se han tomado medidas que, sobre el papel, buscaban calmar el tráfico y proteger el entorno. En la práctica, han conseguido algo mucho más tangible: colapsar uno de los accesos más importantes del sur de Valencia.
El problema no es solo la densidad de coches. Es el diseño.
La carretera pasa de ser fluida a convertirse en un embudo sin lógica: un carril por sentido, rotondas, semáforos, accesos directos, tráfico local mezclado con tráfico de paso. Todo en un mismo tramo. Todo al mismo tiempo.
Y todo previsible.
Porque esto no es nuevo. Cada temporada alta, cada puente, cada fin de semana soleado, la historia se repite. Coches parados desde la zona de la pista del Saler, retenciones hasta El Perellonet, colas que llegan a El Palmar. Lo excepcional ya no es el atasco. Es circular sin él.
Lo más llamativo no es el problema. Es la ausencia de soluciones reales.
Se habla de sostenibilidad, de protección de la Albufera, de limitar el impacto del tráfico. Pero nadie ha resuelto la pregunta clave: ¿cómo se mueve entonces la gente? Porque los coches siguen ahí. Más lentos, más tiempo, contaminando más. Exactamente lo contrario de lo que se pretende.
Reducir la capacidad sin reducir la demanda no es planificación. Es trasladar el problema al ciudadano.
Mientras tanto, quienes viven en El Palmar o El Perellonet no tienen alternativa. No hay una red de transporte público potente que sustituya el coche. No hay una vía paralela eficiente. No hay un sistema que ordene los accesos en días críticos. Solo hay una carretera saturada y la obligación de usarla.
Y así, lo cotidiano se convierte en un obstáculo: ir a trabajar, volver a casa, atender un negocio, recibir turistas. Todo depende de un atasco.
La situación tiene algo de paradoja. Se intenta proteger un entorno natural único, pero se hace a costa de generar una presión constante, lenta y acumulativa sobre ese mismo entorno. Filas de vehículos detenidos, motores en marcha, tiempo perdido. Una congestión permanente disfrazada de medida sostenible.
La CV-500 ya no es una carretera eficiente, pero tampoco es un espacio realmente pacificado. Es una solución a medias que no satisface a nadie.
Y lo peor no es el atasco.
Lo peor es que se ha normalizado.
Porque cuando una ciudad acepta que recorrer 20 kilómetros puede llevar una hora sin que pase nada, el problema deja de ser de tráfico. Pasa a ser de gestión.
Y en ese punto, la pregunta ya no es qué está fallando.
La pregunta es quién va a decidir arreglarlo.
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