1.250 kilómetros. El hito viario emerge, desde principios de febrero, junto a la conocida como Puerta de los Apóstoles de la catedral de Valencia, en la plaza de la Virgen. De esta manera exhibe la distancia que marca la variante del Camino de Santiago que sale de la capital de Valencia hasta la plaza compostelana del Obradoiro. Lo hace con la placa de la cifra kilométrica, la clásica simulación de concha de vieira y la práctica flecha amarilla.
Esa señal se ha convertido en estas semanas en acompañante de fotos y en cartel divulgativo para anunciar que por la ciudad del Miguelete pasa – realmente nace uno de sus ramales- el más popular de los caminos españoles de peregrinos. Uno más, ya que la metrópoli acoge la finalización de, como mínimo, otros tres: el de Santo Cáliz (que culmina en la capilla de esa denominación en la misma catedral), el de San Vicente Mártir (en la iglesia de San Vicent de la Roqueta) y el del Cid (aunque este último puede prolongarse hasta Orihuela).
Un camino casi inadvertido
No obstante, en este Curioseando Valencia nos centraremos en el primero, en el muy conocido por su itinerario genérico aunque excesivamente poco por su paso por Valencia. Realmente, ¿cuántos ciudadanos se fijan en las conchas incrustadas en el suelo peatonal de la plaza de la Reina guiando los pasos? Y continuando se empalma con el primer tramo de la calle San Vicente, que tiene su epicentro en ese espacio en el que si te giras hacia la izquierda -yendo en dirección al Ayuntamiento- contemplas la fachada de la iglesia de San Martín, y si lo haces a la derecha, la entrada a la reformada Plaza Redonda.
A pesar de que las conchas escasean y las flechas amarillas apenas existen, en Valencia el Camino de Santiago no se pierde. Esto sucede porque basta seguir la espigada calle en homenaje al conocido mártir para pasearlo, para sentirse peregrino urbano. De este modo quien lo ande desde la catedral atraviesa la Plaza de España, deja atrás el antes citado templo de la Roqueta -nombre popular porque el oficial es el de iglesia parroquial de Cristo Rey-, la estación Joaquín Sorolla, la sede de Correos o la Sala Moon.
Prosigue por el tramo más abandonado y tristón de San Vicente, el que enlaza la avenida Giorgeta con la Cruz Cubierta, ese secular símbolo que fija un final de término que retrotrae al pasado. Porque el presente indica que el Camino se adentra en el barrio de San Marcelino, dentro de la urbe. Justo antes de introducirse en él, en los prolegómenos de la cuesta del puente que desemboca en La Fe, un rótulo cimentado en bloques de madera explica que la primera etapa oficial del Camino de Santiago valenciano concluye en Algemesí después de recorrer casi 40 kilómetros.
Una frontera simbólica
Finaliza San Vicente, pero la internacional ruta jacobea continúa. No hace falta más que seguir recto, cruzar la pasarela de La Torre y entrar en Benetússer por el conocido Camí Reial. No vale la pena buscar señales porque apenas existen y resulta difícil, preguntando, encontrar a alguien que haya descubierto las escasas pintadas.
Mejor guiarse por el instinto y orientarse siempre hacia el sur. De este modo la peregrinación o el largo paseo de un día -según cada cual se lo tome- prosigue hacia Massanassa y gira en dirección a Catarroja. Se desvía para pasar junto a la ya célebre Ciudad de la Justicia de esta población de l’Horta Sud. Luego colinda con Albal y se encamina hacia Beniparrell.
El ajetreo urbano no da tregua. Los polígonos abotargan la mirada que busca espacios verdes. Hasta que Silla marca un antes y un después cuando el Camino se reorienta hacia la Albufera. El asfalto se metamorfosea en senda. La panorámica ya es lacustre. El litoral se atisba en la lontananza mientras la ruta conduce hasta el apeadero férreo de El Romaní, en el término municipal de Sollana.
En esta pedanía ribereña se produce el giro más pronunciado del recorrido por la provincia de Valencia. La costa queda atrás, a la espalda, porque la mirada se dirige hacia el interior, rumbo a Almussafes. Comienzan los campos de caquis y cítricos. Cuatro kilómetros con esa compañía agrícola hasta que la sustituye la torre mora del anteriormente referido municipio. Poco después, el barranco del Tramusser establece la separación con Benifaió. Recomendable hacer un alto gastronómico en su mercado municipal.
Agemesí: final de etapa
Llega un largo tramo cosechero y campestre, el que enlaza con Algemesí, parada de almuerzo y fin de esta primera etapa. Con albergue incluido para pernoctar. Como también dispone de él, por ejemplo, La Pobla Llarga, cuyo topónimo cobra sentido para quien la visita cuando recorre su inacabable arteria principal.
No obstante, antes el Camino atraviesa la histórica ciudad de Alzira. Penetra por su puente de hierro sobre el río Xúquer y obliga a una pausa evocadora de gestas frente a los vestigios de la casa donde teóricamente falleció el rey fundador, el poderoso Jaume I. Y sigue por el enjambre urbano hasta salir en dirección a Carcaixent, en paralelo a su parsimoniosa ribera fluvial.
Diez kilómetros más hasta adentrarse en el núcleo de esta última localidad, contemplar el Palau de la Marquesa e informarse sobre sus hazañas en la Guerra de la Independencia para expulsar al ejército francés. La riqueza citrícola se asoma por doquier en una población que se autodenomina Cuna de la Naranja.
El Camino, sin apenas señales visibles en los cascos urbanos, sigue por la Cogolluda, la bucólica pedanía de Carcaixent en la que los únicos locales comerciales existentes son sendos bares. Y más huerta valenciana, el principal reclamo, por su encanto, de la ruta jacobea por la provincia de Valencia.
Siempre hacia el sur. Insisto en ese mensaje en este Curioseando Valencia con tintes provinciales porque las flechas amarillas desaparecen casi por ensalmo durante kilómetros -principalmente en cascos urbanos- y reaparecen con reiteración en tramos agrícolas. De manera esporádica.
En este punto introduzco un consejo práctico: seguir la Vía Verde Ribera Costera (aunque no suponga el camino más ortodoxo) pese a que su plenipotenciario carril bici obligue a quien la pasea a hacerse a un lado cuando transitan ciclistas. Sin problemas. Existe espacio de sobra en sus laterales.
Se alarga. Su final apenas se observa. Atraviesa el río Albaida (vale la pena detenerse sobre el puente a disfrutar de la armonía que emana del lugar y a contemplar el discurrir del agua) y alcanza el cruce que deja Manuel a un lado y l’Énova al otro.
En castillo en el horizonte
Queda el último enclave de este recorrido que ha partido desde la catedral de Valencia y que, depende de hasta qué punto nos perdamos o circunvalemos, se extiende unos 70 kilómetros. Sí, a unos seis de Manuel se eleva una imponente, archiconocida y esbelta silueta: la del castillo de Xàtiva. Atrapa la vista y aligera las piernas para transitar con paso firme junto a otro bloque de uso más pragmático en la actualidad: el del hospital Lluís Alcanyís.
En la estación de Cercanías setabense termina este Curioseando Valencia. Precisamente una de las ventajas del Camino de Santiago valenciano la constituye su buena comunicación en tren con la capital, lo que da pie a recorrerlo por etapas. Como mínimo esta primera fase.
No será la última. Queda trasiego por delante. Puede que para entrar en Moixent. O quizás en Caudete, la localidad manchega con pasado y corazón valenciano. Aunque esa historia la contaremos en otras páginas todavía por redactar.
Puente sobre el río Magro, en Algemesí. / H. G.
La vía verde y, al fondo, Xàtiva y su castillo. / H. G.
Desde Silla, el Camino sale del entramado urbano. / H. G.
La Cruz Cubierta de Valencia. / H. G.
Lugar donde murió Jaime I, en Alzira. / H. G.
La Torre Mora de Almussafes. / H. G.
Una nueva señal kilométrica en Valencia. / H. G.
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