La Capilla de San Vicente, en el histórico Convento de Santo Domingo, volvió a convertirse en escenario de uno de esos actos que combinan solemnidad, historia y sentimiento de pertenencia. El M.I.V.M. y L. Capítulo de Caballeros Jurados de San Vicente Ferrer celebró su acto institucional anual, una cita que, más allá del protocolo, refleja el vínculo profundo de Valencia con sus raíces.
La ceremonia estuvo presidida por el arzobispo de Valencia, Enrique Benavent Vidal, acompañado por el lloctinent general, José Alfredo Pellicer, en un acto que reunió a representantes de la Iglesia, del ámbito cultural y de distintas órdenes históricas.
El momento más esperado llegó con la incorporación de nuevos miembros al Capítulo. Álvaro Lisart Reyes y Joaquín Pedro Romero Parra protagonizaron la jura de caballeros, un ritual cargado de simbolismo en el que, ante la Biblia y la reliquia de San Vicente Ferrer, asumieron el compromiso de mantener viva la devoción al santo y los valores que representa. No fue solo un gesto ceremonial, sino una declaración pública de responsabilidad y continuidad.
Junto a ellos, también hubo espacio para el reconocimiento:
La Comunidad de Hermanas de la Pureza de María recibió la Medalla Colectiva de Oro, mientras que Antonio Martí Cusidó, Ramón Vicente Mascarós Cárcel, José Salvador Murgui Soriano, Mª Antonia Játiva Rams y Mª José Llorens Esplugues fueron distinguidos con la Medalla de Oro del Capítulo. Además, Manuel Lafarga Ots fue reconocido como caballero emérito, en un gesto de gratitud hacia su trayectoria.
El acto reunió a una nutrida representación de la sociedad valenciana. Desde cofradías vicentinas y entidades culturales como Lo Rat Penat, hasta órdenes históricas como la Real Maestranza de Caballería de Valencia, la Orden de Malta o la Orden de Montesa. Una presencia plural que evidencia el peso simbólico y social de esta institución.
Más de medio siglo después de su fundación, el Capítulo sigue cumpliendo su objetivo: honrar a San Vicente Ferrer y mantener vivas las tradiciones que forman parte de la identidad valenciana. Y lo hace no como un recuerdo estático del pasado, sino como una realidad que sigue teniendo sentido en el presente.